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Viaje al interior de un campo de refugiados en las puertas de Estados Unidos

Unas 600 personas viven en condiciones desgarradoras en Matamoros, México, a la espera de que se solucione su pedido de asilo en EE.UU.

MATAMOROS, México — El sol se elevaba sobre el atestado campamento de carpas al otro lado del río frente a Texas, y un calor sofocante horneaba los restos podridos abajo, una mezcla de desechos humanos y alimentos no consumidos plagados de moscas.

Ropa y sábanas colgaban de árboles y se secaban tiesas luego de quedar empapadas y lodosas en un huracán la semana anterior.

Cuando los residentes salieron de sus viviendas de lona esa mañana de agosto, algunos caminaban trabajosamente con baldes hacia tanques de agua para bañarse y lavar platos. Otros se reunían frente a lavaderos con los brazos llenos de ropa.

Unas 600 personas viven en un improvisado campo de refugiados en Matamoros, México, esperando que sus casos de asilo se tramiten en EE.UU.. Foto: Ilana Panich-Linsman/The New York Times.

Unas 600 personas viven en un improvisado campo de refugiados en Matamoros, México, esperando que sus casos de asilo se tramiten en EE.UU.. Foto: Ilana Panich-Linsman/The New York Times.

Los miembros de esta comunidad desplazada solicitaron refugio en Estados Unidos, pero fueron enviados de regreso a México y les dijeron que esperaran.

“A veces siento que ya no aguanto más”, dijo Jacqueline Salgado, que huyó del sur de México, mientras sus hijos jugaban en la tierra.

Unas 600 personas están varadas en lo que, de hecho, es un campamento de refugiados a las puertas de EE.UU., uno de varios que han surgido a lo largo de la frontera.

Tras surgir por primera vez en 2018, el campamento al otro lado de la frontera de Brownsville, Texas, se disparó a casi 3 mil personas al año siguiente en el marco de una política que ha requerido que al menos 60 mil solicitantes de asilo esperen en México durante todo el curso de sus casos legales, que puede tomar años.

Quienes no se han rendido y se han ido a casa o tuvieron dinero para mudarse a un departamento han quedado atrapados afuera desde entonces en campamentos como éste.

La administración Trump ha dicho que la política de “permanecer en México” era esencial para impedir que se abusara de las leyes de inmigración de EE.UU. y aliviar el hacinamiento en las instalaciones de la Patrulla Fronteriza luego de que casi 2 millones de migrantes cruzaron al país entre 2017 y 2019.

Las autoridades mexicanas han culpado de la situación al gobierno de EE.UU:. Se han negado a designar las áreas al aire libre como campamentos oficiales de refugiados en colaboración con la ONU, que entonces habría proporcionado infraestructura para vivienda e instalaciones sanitarias.

Aunque pocos casos de coronavirus se dieron en el campamento, la mayoría de los trabajadores estadounidenses de ayuda humanitaria que habían distribuido suministros dejaron de venir. El Cártel del Golfo, que trafica drogas por la frontera, se instaló.

La banda criminal cobra a los residentes del campamento que deciden cruzar el río nadando y, a veces, los secuestra para pedir rescate. También han aumentado las golpizas y las desapariciones. Nueve cadáveres han aparecido en los márgenes del Río Bravo cerca del campamento en los últimos meses.

La mayoría de los niños del campamento no ha ido a la escuela desde que abandonaron su casa. Carmen Vargas, sin soltar a su hijo, Cristopher, dijo: “tiene sólo 13 años y prácticamente ya ha perdido dos”.

Sacó una identificación que mostraba que había sido policía en Honduras. En 2018, metió a la cárcel a un miembro de un cártel de las drogas. En cuestión de horas, el cártel anunció que la mataría. Ella y Cristopher huyeron.

Los residentes del campo padecen enfermedades crónicas de virus gripales y enfermedades estomacales. Su piel tiene marcas de los mosquitos que pululan en el campamento tras las lluvias.

La mayoría reconoce que la vida al otro lado de la frontera sería difícil, en especial si perdieran sus casos y tuvieran que vivir en las sombras. “¿Sin papeles es mejor estar en EE.UU. que aquí? Sí, es mil veces mejor”, dijo Lucía Gómez, que salió de Guerrero, México, luego de que su esposo y su suegro fueron asesinados.

Cuando Rodrigo Castro de la Parra llegó a Matamoros, alternó entre extremos emocionales. En un año, había pasado de ser un tímido estudiante de preparatoria a ser cabeza de familia. Eso fue después de que la Mara Barrio 18, la más brutal de Guatemala, asesinara a su madre y a su hermana.

“No puedo dormir”, dijo una tarde, sentado afuera de las carpas donde vivía con su esposa, hija, abuela, sobrina huérfana y su hermana de 16 años, quien dio a luz tras llegar al campamento. Le preocupaba que pudieran matar a alguien más.

Pero dos semanas después, fue el cuerpo de Castro de la Parra el que apareció en el río.

Su esposa, Cinthia, aún estaba en shock cuando tomó un micro de regreso a la ciudad de Guatemala para la repatriación del cuerpo de su esposo. También esperaba reponer sus documentos de viaje que se habían mojado en los pantalones de él cuando murió.

Los necesitaría cuando volviera con su hijo de 2 años para intentar de nuevo.

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