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Hola amiga – Para leerlo y no creerlo

Gustavo Adolfo Carrizo, quien nos presenta un estilo de escritura muy peculiar. ¡Y dice…!

Hola amiga

Hola, amiga:

Te pido mil disculpas por molestarte, pero hoy me paso una de terror. Me levanté cerca de las nueve da la mañana, fui a la panadería y, de vuelta, me encontré con el vecino Pedro –como mi hijo se llama–. Me preguntó si le podía ayudar a mover un mueble pesado, mientras miraba para todos lados, por esas cosas por las que puede venir la policía y dije “ma, sí le ayudo”. Dejé el pan en la cocina y en esos instantes entró el hijo con la cara larga y los ojos brillosos. En el acto, asustado, le pregunte si se había tomado la temperatura; a lo que me contestó que llamó al servicio de emergencias hacía dos horas pero no venían, que estuvo con fiebre toda la noche y que tenía tos. Sentí que se me hundía la panza y hacía ruidos de esos que duelen. Busqué la puerta para salir, dejando el pan en la cocina y me di cuenta de que estaba con placas en la garganta, ¡que no me asuste! Te juro que no me volvió el alma el cuerpo, sólo me frené en mi escapada.
En pocos minutos los que tenían casi tres horas sin llegar aparecieron. El enfermero bajó mientras el médico se quedó mirando hacia adelante sin hacer eco de lo que estaba pasando, se agachó buscó papeles y siguió mirando, buscando nido de pájaros, supongo yo, porque adelante no había ni un auto. Con voz de enfermero y arrogante, seguro por el cansancio, preguntó los síntomas que tenía, desde la puerta. “El miedo no es tonto”, decía mi abuela.
El padre relató lo que sabía y el joven con su andar cansino fue hasta la ambulancia y narró al vigilante de nidos, quien miró con ojos inyectados. Ahí se tomó el trabajo de bajar, mirar desde la puerta y decidir que esto no lo podían atender ellos. Se paró en el costado de la ambulancia y abrió la puerta para tomar el comunicador y pedir el móvil de salud de la provincia para abrir protocolo por síntomas de covi19.
¡Amalaya con mi suerte! bajé la cabeza y me senté atrás para mirar cómo seguía la película de mi vida, esa que nunca quieres imaginar. Pero esa es mi suerte, “al comedido nunca la va bien” decía mi tata. En cuestión de minutos llegó la policía, la ambulancia, médicos para hacer locro y la muchedumbre oliendo a eso, desparramada para mirar celulares enojados, cámaras de fotos y cuanto pudiera ayudar a la prole a contar ese momento.
La primera embestida la dio un oficial joven, quien intentó entrar a la casa y ordenar lo que seguiría. Yo pasé al frente para lo que sea y el vecino sentado en su sillón con las piernas cruzadas no emitía sonido.
La mala suerte del agente fue poner un pie dentro. En un instante, como cuando pasan las desgracias, salió disparado del sillón con una cuchilla en la mano, de esas que tenés para cortar pizza, y blandió un golpe poco ortodoxo que terminó en el aire de la puerta de la casa.
Otra vez las tripas me decían que ese no era mi mejor día y con mi cara desencajada y sinrazón, grité sin sentido, sólo un desahogo. Sin pensar, los dos enfrentados se separaron, casi que corrieron a puntos cardinales opuestos. La desesperación no espera, ataca.
El silencio pasó. Por un instante se acomodaron, los rivales intentaron hablar y nadie podía decir palabra. La chusma se movía hacia donde los cuerpos y ojos de los contrincantes los llevaban. El botón se tocaba el arma; el padre, el filo del utensilio. Mi desesperación yo y el tormento estábamos atentos a que pasaba. De la nada no sale nada, pero te juro que esta vez salió.
Una enfermera de curvas de esas para chocar tomó las riendas, habló con el padre y le pidió ingresar para ver al niño. Esa parte no la entiendo bien, si las curvas o la certeza de sus palabras calmaron los ánimos. Pronto, ya adentro, y el padre en la puerta buscando bronca, hizo su trabajo: llamó al médico y por un costado de Pedro pasó como agua. Los dos miraron, tomaron su maletín, hicieron cosas de médicos. La muchedumbre actuaba como plebe. Sacaban su rencor afuera, será por eso que, en la multitud, el sentimiento se suma y el pensamiento se resta. Estaban tan enojados al punto de exponerse a quedar contagiados con tal de ver hecha la justicia que piden los descorazonados.
Los médicos pasaban, los enfermeros y los policías sólo miraban. Las respuestas llegaron a tiempo. Se paró frente al padre desde afuera de la calle y dictó sentencia para la chusma. En voz alta, dijo: “Sólo tiene anginas con placas y nada más”, y se dio vuelta y a los que estábamos adentro nos dijo Acá queda la receta. Y de nuevo con voz alta, como si fuera un juez, dijo: “Queden todos en paz”.
La muchedumbre se desplazó, algunos hablando entre sí y otros hablando solos como loco malo. Le tomé la receta, me fui y compré los remedios y recogí el más preciado pan, corté un pedazo y me dirigí hacia mi casa. Subí los hombros y tragué el pan rico, degustándolo.
No sé cuándo voy a volver ayudar a alguien, pero espero no sea pronto.
¡Saludos!
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